🐾 Donde viven las huellas 🐾
Hay seres que llegan sin palabras
y, sin decirnos nada,
terminan enseñándonos
el verdadero significado del amor.
Llegan con cuatro patitas,
con alas, con bigotes,
con pequeñas manos o suaves plumas,
y traen consigo un universo
que cabe entero en una mirada.
Un perro nos enseña la lealtad,
esa que espera junto a la puerta
sin reproches, sin preguntas,
celebrando nuestro regreso
como si fuéramos lo más importante del mundo.
Un gato nos enseña otra forma de querer:
silenciosa, delicada, profunda…
se acerca cuando quiere,
se queda cuando siente,
y un simple ronroneo suyo
puede abrazar el alma.
Y están también los pequeños compañeros
que quizá nadie comprende del todo:
conejos, hámsteres, pájaros
y tantos otros corazones diminutos
que dejan una huella enorme.
Porque ellos no necesitan nuestro idioma
para saber cuándo estamos tristes.
No necesitan entender nuestras lágrimas
para acercarse.
A veces simplemente permanecen a nuestro lado,
y ese silencio dice más
que cualquier palabra.
Nos regalan sus días,
sus juegos, sus miradas,
sus travesuras y su ternura.
Y nosotros, sin darnos cuenta,
vamos guardando cada instante
en ese lugar secreto
donde se guardan las cosas eternas.
Por eso, cuando una mascota parte,
no se lleva todo su amor consigo.
Deja su camita, sus juguetes,
sus rincones favoritos…
y deja algo mucho más grande:
una parte de su corazón
viviendo para siempre en el nuestro.
Quizá por eso algunas lágrimas
no son solamente tristeza.
Son la manera que tiene el alma
de decir:
“Gracias por haber existido,
gracias por haberme elegido,
gracias por hacer de mi vida
un poquito más bonita.”
Y mientras exista alguien
que recuerde una mirada,
una caricia, un ladrido,
un ronroneo o unas pequeñas patitas,
ese amor no habrá desaparecido.
Porque las mascotas no pasan simplemente
por nuestras vidas…
se quedan para siempre
donde nadie puede arrebatarlas:
en el corazón. 🐾❤️
© María Eugenia Rojas Alegría

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